Cuestiones de hogar

Mi nombre es Alfredo y soy un sofá.

¿Qué pasa? ¿Por qué ponen esa cara? ¿Les sorprende? ¿Acaso los sofás no podemos contar una historia? A todos les parece bien que estemos ahí incondicionalmente para proporcionarles comodidad, que les prestemos nuestros servicios el día que estén cansados, que mostremos nuestra mejor cara cuando traen visita a casa y que sostengamos sus bolsos y sus abrigos cuando les apetezca. ¿Y ahora me están juzgando por querer contar una historia? Creo que tengo derecho, ¿no?

Muy bien, ese cambio de actitud me gusta mucho más.

¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Les decía que soy un sofá. Modestia aparte he de admitir que soy bastante atractivo. Tengo un elegante color gris perla que contrasta a la perfección con el blanco y madera de los muebles y paredes que tengo a mi alrededor. Mi tejido es suave como el algodón y mis brazos cálidos y confortables les proporcionan la mejor experiencia de descanso que hayan tenido jamás. Y bueno, sobre el tamaño, qué decir… No quisiera alardear pero lo cierto es que soy un cuatro plazas.

La verdad es que pocos han sido los que han entrado a esta casa y no se han deshecho en halagos sobre mí. Tengo mis defectos, lo admito, pero cada día cumplo mi trabajo impecablemente dando, además,  un extra de glamour a este pequeño hogar. Sí es cierto que ya tengo algunas manchas, pero qué quieren que les diga, la edad no perdona. Tengo ya ocho años aunque me conservo bastante bien. En el borde de uno de mis cojines hay un cerco de café. Marina, mi dueña, intentó quitarlo de mil modos pero, al contrario de lo que había pasado otras veces, no hubo manera de hacerlo desaparecer. La tonalidad de mi precioso gris también ha variado. Tengo zonas menos pigmentadas, especialmente los brazos, y en el lateral derecho me hicieron un par de rasguños cuando se realizó la última mudanza.

Sé lo que piensan. Estoy en el declive de mi vida. Pero no crean, hay cosas que han mejorado. En mi segundo o tercer año comencé a sentir que mi cuerpo estaba cada vez menos tonificado. Mis dos sillones centrales estaban más hundidos que los de los extremos. Era normal, por otro lado, teniendo en cuenta que a Marina y a José (su marido) les encantaba quedarse juntos y abrazados justo en ese punto de mí. Sin embargo, un par de años después la cosa comenzó a cambiar y pude observar cómo modificaban sus preferencias en cuanto al lugar donde sentarse.

La primera vez que eligieron colocarse cada uno por separado en uno de los sillones de los extremos fue un verano. Marina había llegado enfadada del trabajo. Al parecer su jefe le había estado gritando por no tener un texto a tiempo. Trabajaba en una editorial en la que su misión era traducir al español los libros que habían sido escritos en otros idiomas y que ahora se iban a vender en nuestro país. El volumen de libros por transcribir había cambiado en los últimos meses hasta llegar a ser casi el doble. La carga de trabajo aumentaba, pero el número de empleados no, así que Marina debía esforzarse mucho más. Ya no tenía tiempo para el desayuno, casi no podía apartar la vista del ordenador en toda la mañana y, por supuesto, salía mucho después de su hora fijada. El trabajo había pasado de ser algo que le gustaba a convertirse en una pesadilla. Lo último que le faltaba era la incomprensión de su jefe que, no sólo no contrataba a nadie más ni valoraba el esfuerzo extra que estaba haciendo, sino que además le chillaba.

Esto no se lo dijo a José, claro. Yo lo sé porque minutos antes de que él entrara por la puerta, había escuchado cómo ella se quejaba contándoselo por teléfono a Asun, su madre.

José llegó a casa sobre las siete y, a pesar de que cada día se bañaba por la mañana antes de ir a trabajar, se metió de nuevo en la ducha. Recuerdo que ese verano fue especialmente caluroso, el hombre del tiempo anunciaba una ola de calor tras otra, así que no era de extrañar que ambos se ducharan más veces de lo que era habitual. La cuestión es que, tras salir del baño, se puso un pantalón fresco y vino a sentarse junto a Marina que leía en ese momento, justo encima de mí. Le dijo que la había echado de menos y la estrujó con fuerza. Ella seguía leyendo mientras él le daba besos y se enroscaba de manera tierna.

– Cariño, quédate quieto, me estás agobiando con tanto beso.- le espetó ella.- ¿No ves el calor que hace? Vamos a sentarnos hoy más separaditos. Pongámonos en los extremos del sofá.

– ¡Anda ya! ¿Lo dices en serio? – contestó él sorprendido.- A mí me gusta sentarme a tu lado, sentirte cerca.

– José, por favor, no seas pesado.

Y así fue como acabaron sentándose separados por primera vez.  Y eso que José tenía una reunión con algún cliente justo al día siguiente. Tampoco lo dijo, claro, pero yo lo supe porque tras todos estos años de observación silenciosa, sé identificar perfectamente cada uno de sus gestos.

Es un hombre inteligente y con gran éxito laboral. Aún recuerdo su primer ascenso. Marina colocó velas por todo el salón y preparó una cena que, a tenor de lo limpios que dejaron los platos, parece que fue deliciosa. Lo pasamos bien. Ellos charlaban animadamente, reían y se besaban, y yo les miraba, contento por poder formar parte una vez más de algún momento de sus vidas. Aunque debieron tener más cuidado, ¡casi me manchan al servir el champán!

La cuestión es que, a pesar de que tras ese, llegaron dos ascensos más, José sigue siendo una persona muy insegura. Cada vez que debe reunirse con un nuevo cliente teme que algo no salga bien. Se pone tan nervioso que no puede parar de morderse las uñas, a veces hasta llega a hacerse heridas. Por suerte, tiene a Marina, que lo calma, lo mima como si de repente fuese un bebé y le recuerda los motivos por los que merece el puesto que tiene y por los que todo saldrá bien. Tras la reunión, que generalmente suele ir sobre ruedas, José no vuelve a llevarse un dedo a la boca.

Sin embargo, la tarde que les contaba, José se mordía hasta casi los nudillos, pero Marina, enfrascada en sus propios pensamientos, no lo vio.

Esa fue la primera vez que no se sentaron juntos y la verdad es que no fue la última. Desde entonces hubo más días así, cada vez con más frecuencia. A veces lo hacían por el calor, otras porque les dolía la espalda y preferían estar estirados en vez de abrazados y engurruñidos y el resto, supongo que fue la costumbre.

La cuestión es que a día de hoy es raro que se sienten en los sillones centrales, así que han compensado mi falta de tonificación. Estoy más hundido, es cierto, pero lo estoy por igual en todos sitios, creando un efecto óptico de elasticidad y perfección.

Pero bueno, basta ya de rodeos, yo lo que quiero es contarles mi plan. Llevo meses urdiéndolo, quebrándome la estructura para encontrar la manera de derrotar a mi archienemiga y conseguir que la vida en esta casa vuelva a ser la que era antes. Y, ¿cómo era antes? Divertida, plácida y llena de amor.

La diversión comenzaba en cuanto José y Marina estaban juntos en casa. No saben la de tonterías que una pareja puede llegar a hacer cuando creen que nadie les mira. Se pasaban el día poniendo caras graciosas, cantando canciones con letras inventadas, bailando. Charlaban muchísimo, me fascinaba escucharles porque cada conversación era aún más interesante que la anterior. Todas las noches cenaban sentados sobre mí, en la mesita baja que tengo justo en frente. Ahí comenzaba la tertulia hasta altas horas de la madrugada, cuando cansados iban a dormir. Pero eso cambió cuando doña Charlatana entró en nuestras vidas. Fue una noche de jueves la primera vez que encendieron la televisión durante la cena. Esa tarde los había escuchado discutir desde el dormitorio. Me pareció una pelea absurda. Ambos llevaban parte de razón pero ninguno supo ponerse en el lugar del otro y, sobre todo, ninguno supo pedir perdón. Al llegar la hora de la cena José propuso ver el telediario y Marina, ofendida y orgullosa, aceptó. Desde entonces cada vez la encendían más y cada vez charlaban menos. No saben lo aburrido que es pasar noche tras noche escuchando a doña Charlatana. En su monólogo diario no deja participar a nadie más. Ha convertido las cenas en momentos planos, sin emoción.

También les dije que antes la vida era plácida. Oh, sí. No había gritos ni peleas. Lo único que subía los decibelios eran los chillidos agudos de Marina cuando José le hacía cosquillas sin parar. No saben qué paz, qué sosiego. Ahora no hay semana que pase sin, al menos, una discusión. Debemos ir, tenemos que, habría que, no haces, no dices, no vas… ¡Qué desesperación! ¿De verdad son tan complicadas las relaciones entre humanos? No sé en qué momento las obligaciones empezaron a llenar estas paredes. Desde que vivimos juntos, Marina y José siempre han trabajado, siempre han tenido compromisos familiares y siempre han hecho las tareas del hogar. ¿Por qué ahora han cambiado las prioridades? ¿Desde cuándo es tan importante todo eso que rodea sus vidas que no les deja vivir?

Y, por último, el amor. No puedo negarlo, soy un romántico empedernido. Sé que no lo parece, pero mi aspecto robusto y serio esconde un pequeño corazoncito. Me encanta ver a parejas felices mientras sueño que algún día aparecerá la butaca de mi vida. Ains. José era como yo, aunque al cabo de los años encontraba cada vez menos tiempo para escribir poemas a Marina. Y ella cada vez veía más absurdo que él gastara el dinero en flores. Los besos apasionados y las miradas cómplices se diluían entre gestos cansados, orgullo y reproches. Casi no puedo recordar cuándo fue la última vez que hicieron el amor sobre mí. Antes era un continuo, yo les ofrecía mis mejores servicios para esos momentos y cerraba los ojos para dejarles intimidad. En cambio, ahora ni siquiera lo intentan cuando llega la noche.

Pero bueno, ahí comienza mi plan. Tengo un pendiente de Marina. Se le cayó justo al llegar de la boda de una de sus amigas. José y ella llegaron tan contentos, relajados y guapos que en lugar de ir derechos a la cama vinieron hacia mí para pasar una noche de amor. Y es que ya nunca se arreglaban tanto. Ni siquiera para estar en casa cuidaban su vestimenta. Los pijamas negros y sexys de ambos se convirtieron, con el tiempo, en camisetas viejas manchadas de lejía que usaban para descansar. No les juzgo, que conste, entiendo que la comodidad y la confianza dan lugar a estas cosas, yo solo digo que al vestirse no lo hacían pensando en gustar.

La cosa es que la pequeña circonita de color azulado acabó en uno de mis pliegues y, aunque días después lo buscaron minuciosamente, nunca llegaron a encontrarla. Ya han pasado casi seis meses, pero aún la conservo, así que hoy la dejaré a la vista, quizás les haga pensar. Quizás la vean y recuerden esos tiempos de pasión. ¿No les parece una idea brillante? Solo espero que finalmente funcione.

 

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Hola, mi nombre es Celia y soy una silla. Veo que han estado escuchando al engreído de Alfredo. No hagan caso de todo lo que les dice, cree que es el centro del salón, la pieza más importante del mobiliario. Y nada más lejos de la realidad. Sí, es cierto que Marina y José pasan gran parte de su tiempo con él, y que hasta le usan para cenar rechazando mis cómodas atenciones. Pero les preguntaré algo, ¿dónde se sientan en los momentos importantes? Cuando es Nochebuena, Navidad, cuando invitan a familiares a comer o celebran un cumpleaños. Exacto, es en esos momentos vitales cuando me necesitan más que nunca. Alfredo no es más que un viejo y hundido sofá con ínfulas de grandeza. Y sí, yo ya estoy algo coja y astillada, pero todavía conservo mi versatilidad, acompañándoles a cualquier habitación donde se precisen mis servicios.

Aunque si hay algo en lo que lleva razón es en el problema que tenemos con Marina y José. Esto se está volviendo insoportable. Ya no escuchamos música, ni sus charlas, ni sus risas… Ahora el único sonido que hay en esta casa es la televisión, el molesto pitido del móvil y un montón de gruñidos. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Estoy segura que aún se quieren, que aún son capaces de divertirse estando juntos, creo que solo lo han olvidado. Normal, no se miran. Es como cuando no recuerdas que tienes algo porque ha quedado muy atrás en un cajón o se te ha perdido durante un tiempo y, cuando lo encuentras de nuevo, te llenas de alegría y vuelves a no poder pararlo de usar. Pues esa es mi teoría, eso les pasa a ellos. Dedican más horas del día a mirar una pantalla que a mirarse las caras. ¿Les parece eso normal? ¿Pasará eso en otras casas?

Sea como sea Alfredo tiene razón, necesitamos un plan. Quizás yo también pueda hacer algo para que consigan recordar. O al menos sacar una pata, tirarles al suelo y conseguir que el estúpido teléfono caiga y se haga añicos. Ja ja ja, a veces puedo ser perversa.

 

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Yo también me apunto al plan. Lo sé, nunca participo en nada, pero ya sabéis que siempre estoy muy ocupado. Pero bueno, ¿queréis mi ayuda o no? Mi nombre es Rigoberto, buenas tardes a todos. Soy una estantería, motivo por el cual siempre tengo algo que hacer. Lo digo enserio, claramente soy el que más trabaja dentro de este salón. No saben lo complicado que es leer tantos libros, mantenerlos perfectamente clasificados y además hacer frente a la incertidumbre del orden de los adornos. Sí, el jarrón, las velas, el portafotos, la cajita para guardar los cables… Esos objetos que me andan cambiando de sitio un mes sí y otro también. ¡Es agotador!

No soy exagerado, Celia. Lo que pasa es que nadie entre estas paredes comprende la verdadera importancia de las cosas, ¡nadie! Estáis tan tranquilos, tan relajados. ¿Acaso no escucháis cada noche en los anuncios lo de las nuevas tiendas? Sí, esas que tienen muebles nuevos, modernos y rebajados, sobre todo rebajados. Cualquier mínimo fallo por nuestra parte y será fácil remplazarnos, ¡ni siquiera lo pensarán! Estamos condenados a fallecer en un vertedero, ¡acabarán quemándonos! He leído en uno de mis libros que las personas, cuando se sienten insatisfechas con su vida, comienzan a hacer cambios. Se cambian el color del pelo, se apuntan a nuevas actividades, cambian la decoración… No sé si os habéis fijado pero Marina hace un mes que se cortó el pelo, y José se ha apuntado a yoga. ¡Somos los siguientes!

Está bien, me callo, no quiero asustar a Werther. Solo digo que estoy en vuestro barco. Yo también dejaré caer algunos objetos que les hagan recordar su amor. Los libros que compraron en aquella librería antigua en su primer viaje juntos o los que se regalaban de novios con esas dedicatorias tan bonitas. Lo que sea por tal de no arder en la hoguera.

 

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Yo soy Werther y no estoy asustado. Bueno, quizás un poco. ¿En serio creen que pasará todo lo que dice Rigoberto? No sé yo si esto es buena idea. Será mejor que nos estemos quietos. Yo no pienso participar. Estáis locos haciendo movimientos por vuestra cuenta. Los muebles debemos permanecer inmóviles. No puedo ni pensar en lo que pasaría si nos pillan. Os lo digo en serio, no hagáis nada. Me estoy empezando a poner nervioso, esto no me gusta. Ya tuve demasiadas emociones en mi viaje hasta aquí. Perdón, no he dicho nada pero soy un reloj de cuco. Me fabricaron en Alemania y allí viví durante mis primeros años. Era una vida tranquila, permanecía cada día en una de las paredes de una preciosa tienda de decoración, sin más tareas que la de lucir apuesto. Todo era estupendo hasta que Asun me compró. La madre de Marina había ido con su esposo de vacaciones y le pareció una idea estupenda llevarle a su hija un reloj como yo de regalo. Cada vez que recuerdo ese horrible viaje en avión me entran escalofríos. Todo estaba tan oscuro, y hacía tanto frío… Y después me metieron en una caja, rodeado de unas pompas que no paraban de explotar para meterme miedo. Fue horrible. No quiero más cambios. ¿Me estáis escuchando? ¿Qué? ¡Es Marina, se oyen sus llaves! No hagáis nada, por favor. Esto no va a salir bien, estaos quietos…

 

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Malditos entrometidos. Señores lectores, lamento las molestias, no es frecuente que los personajes le roben el sitio al narrador. Ruego que me disculpen, en esta casa de locos no hay quien ponga orden.

Pero, ¿cómo? ¿Quieren saber qué pasó?

Marina llegó del trabajo, colgó su abrigo en el perchero y se dirigió al salón. Allí estaba Celia preparada, se había desplazado para conseguir que una de sus patas traseras quedara justo en mitad del paso. Su plan se desarrolló a la perfección. Marina caminaba mientras escribía ensimismada en su teléfono móvil cuando tropezó con Celia y éste salió volando para caer estrepitosamente, junto a la propia Marina en el suelo del salón. Todos se miraron triunfantes. Paso uno superado.

Justo en ese momento apareció José que, al ver a su mujer tirada en el suelo y con cara de niña enfurruñada, no pudo evitar reír. Maravilloso, en la casa había risas de nuevo, ahora Marina también se echaría a reír y recordarían lo genial que era hacerlo juntos y lo tontos que habían sido durante todo este tiempo. Todos la miraban, expectantes y, de repente, ella comenzó a chillar. «Te has dejado la silla en mitad del salón, siempre haces lo mismo, no tienes cuidado, lo dejas todo por medio… » Oh, oh, algo no estaba saliendo como esperaban.

José dejó de reír y comenzó a gritar también, cada vez más enfadado. Fue hacia Alfredo y, al sentarse, dio un alarido. Se había clavado el pendiente que éste había dejado para hacerles recordar su amor. Nada más lejos de lo que pasó, pues José se enfadó aún más, Marina le increpó preguntándole acerca de la procedencia de ese pendiente y provocando que él se sintiese tremendamente ofendido y chillase aún más, reprochándole su falta de confianza. Todo estaba saliendo mal. Ambos se levantaron y comenzaron a dar vueltas, aún gritándose, por todo el salón. Y al pasar por la estantería… «No, no, no, abortamos misión», quiso decirle Alfredo. Pero era demasiado tarde y Rigoberto ya había comenzado a tirar los libros. «Pero ¿qué haces? ¿Ahora vas a tirarme libros?» bramó Marina. «Que yo no he tirado nada, ¿no ves que han caído solos?» respondió José. Y siguieron discutiendo, cada vez más enfadados. Todos observaban lo que estaba pasando o, más bien, todo lo que ellos habían provocado. Muy asustados temían lo peor. La situación se les iba de las manos, ¿qué podían hacer? El estruendo de las voces era ensordecedor, el ambiente no podía ser más tenso y, de repente, Werther no pudo aguantarse más. Estaba tan nervioso, tan asustado… El cuco se le escapó y comenzó a sonar enloquecido. «No saldremos de esta», pensó Celia. «Ya no hay vuelta atrás, es el fin», vaticinó Rigoberto. «Hemos terminado de estropearlo todo», dijo Alfredo, abatido.

Y justo en ese momento, en el punto álgido de la discusión, cuando todos estaban nerviosos y el sonido del cuco alborotaba aún más la situación, Marina y José callaron, se miraron durante segundos y se echaron a reír. Pasaron casi una hora desternillándose en el suelo, lanzando las carcajadas que habían tenido guardadas durante todos esos años. Ninguno de los muebles supo explicar nunca qué es lo que había ocurrido así que, aún a día de hoy, siguen discutiendo entre ellos por ver quién fue la pieza clave en poner fin a este disparatado entuerto.

6 comentarios en “Cuestiones de hogar

  1. Me ha encantado. Me ha parecido sublime cada punto de vista de cada mueble. Y la realidad de que la tecnología y las pantallas absorben los minutos y las horas de descanso y esparcimiento que hay entre trabajo y responsabilidad. Yo estoy muy a favor de desconectar los fines de semana de los móviles y ver menos la tv y reencontrarnos con las risas, los arrumacos y las largas conversaciones. Enhorabuena por el blog.

  2. Que bonito escribes!!Ahora miro mi sofa ….y le intento poner nombre,yo tambien quiero tener una casa de locos..Mil besos

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