Debí saber que te irías

Debí saber que te irías.
Llegaste como aire templado que pronunciaba versos,
aire que entró en mi oídos, en mis ojos, en mi nariz y en mi boca,
aire que acarició mi cuerpo y se convirtió en huracán
azotando mi alma con tus dulces maneras.
No lo supe entonces,
y días después te marchabas diciendo adiós al comienzo,
condenándome a buscar tu rostro en la multitud,
siempre atenta a tu presencia, anhelando
tu mirada en la distancia, una breve sonrisa,
un gesto furtivo que demostrase que aún sin saber explicarlo tú también querías de mí.

Debí saber que te irías.
Apareces y te escondes,
derrumbas mis cimientos, cuestionas mis evidencias,
desarmas todo aquello en lo que siempre creí.
Creas caos sin pretenderlo, consecuencia adjunta a tu grandeza,
dejas palabras mudas,
deseos de que entiendas sin decirlo lo que te quiero decir.
Despedidas dulces, sin embargo,
te marchas sin promesas, sin crear expectativas,
y dejas tu olor y tu suave recuerdo
que llena mis horas insomnes,
dulce bálsamo en mi locura.

Debí saber que te irías.
Lo supe cuando los vi,
seres alados que anidan tu cuerpo,
esencia de un alma que ansía volar.

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