Un día cualquiera

El despertador de Mario sonaba cada mañana a las siete. Le había puesto una melodía alegre, de esas que dicen en las revistas que ayudan a que te tomes el día de otra manera, a que despiertes ya con una sonrisa. Pero lo cierto es que la idea no terminaba de convencerle, casi parecía que el escuchar esa musiquita animada y pizpireta hacía que despertarse temprano le molestase aún más. Era como si con su canto optimista y vivaracho quisiese fastidiarle, burlarse de él por tener que madrugar mientras presumía de su vida tranquila siendo una canción feliz.
Mario se aseaba, desayunaba y cogía el coche para ir al trabajo. Tardaba cuarenta y seis minutos en llegar y alrededor de diez en encontrar aparcamiento. Era mucho tiempo, concretamente utilizaba dos horas de su día en desplazamientos, una para llegar cada mañana a la oficina y otra para volver a casa. Así, aunque su horario era de nueve a seis, con una pausa de una hora para comer, él salía de casa a las ocho y no llegaba hasta las siete de la tarde.
La primera psicóloga a la que fue le recomendó que buscara un piso más cerca. Imposible. La zona aledaña a donde tenía su puesto de empleo era un lugar complicado en cuanto a precios se refiere. El sueldo de Mario no daba para permitirse uno de esos alquileres, así que no le quedaba más remedio que seguir viviendo en su actual hogar y perder cada día dos horas de su tiempo en desplazarse desde y hasta allí. Además tenía una hipoteca. Y además, que aunque todos los planetas se alineasen permitiéndole comprar una vivienda en otra zona, él no quería dejar la que tenía. Era una de las pocas cosas con las que estaba feliz en su vida. Le encantaba aquel piso. Bueno, más que el piso, la azotea. Era maravillosa. Una zona común en el tejado que nadie frecuentaba más que él. El aire no era puro, por supuesto, vivía en una de las ciudades más contaminadas del país. Pero al menos era aire. Una zona tranquila en la que poder descansar y observar el mundo desde arriba. La vida se veía tan pequeña desde allí que los problemas y ataduras también se volvían casi insignificantes. Subir un rato a la azotea era, para Mario, poder sentirse libre.
No todos los días tenía tiempo para ir allí. Cuando llegaba a las siete tenía que prepararse el almuerzo para el día siguiente. No podía venir a almorzar a casa y el sueldo no le daba para comer de menú, así que al llegar tras cada jornada, lavaba las fiambreras que había utilizado ese día y se preparaba alguna comida nueva. Llamaba por teléfono a su madre, se duchaba, se afeitaba, miraba el correo, organizaba un poco la casa, contestaba llamadas, e-mails… A veces tenía que ir a la compra, ir a alguna reunión de vecinos o llevar el coche al taller. Entre unas cosas y otras solo le quedaba tiempo de prepararse la cena, hacer un par de ejercicios de yoga e irse a dormir. Podría dormir menos, mucho menos. Así tendría algo más de tiempo para dedicarlo a hacer cosas que le gustasen. Podría, pero no debía hacerlo. Esa fue la acertada conclusión a la que llegó la segunda psicóloga a la que Mario fue. Tras su decisión de disminuir las horas de sueño en pos de tener algo más de tiempo libre, su ansiedad y su apatía se dispararon. Se pasaba el día cansado, le costaba concentrarse en el trabajo y no paraba de pensar en que sus jefes se darían cuenta y que podrían echarlo. Esta idea le ponía tan nervioso que aún le costaba concentrarse más. El trayecto en coche para volver a casa se le hacía eterno, le irritaba sentirse parado en mitad de un embotellamiento estando tan cansado y teniendo tanto que hacer. Dejar de dormir, definitivamente, no había sido una buena idea. La psicóloga supo verlo e hizo que Mario restaurara su rutina habitual. Era buena, le gustaba. Solo dejó de ir a verla cuando le hizo la absurda proposición de que dejase su empleo actual. ¿Qué persona en su sano juicio podía decir aquello? ¿Acaso no leía los periódicos? ¿Qué pensaba, que en los tiempos que corren podías permitirte dejar tu trabajo? ¿Que al día siguiente aparecería otro en tu puerta, más cerca de casa, menos estresante, con el que te sentirías más valorado y feliz? Ya. Podrían darse las circunstancias, claro, pero mientras se dan o no la gente tiene que pagar una hipoteca, el agua, la luz, el seguro del coche, la comida… Vaya, dos o tres cosillas de nada, como para dejar el trabajo. Absurdo.
Mario pensaba en ello. Cerraba los ojos e imaginaba un mundo distinto. Uno en el que no tuvieses que demostrar quién eras según tu profesión. En el que no se te exigiese ser perfecto a cada minuto del día. Un mundo que no estuviese lleno de haberes, hay que comer sano, hay que hacer deporte, hay que hablar inglés, hay que hacer relaciones con otros profesionales, hay que permanecer actualizado en tu gremio, hay que hacer yoga, hay que leer, hay que ser feliz. Sin exigencias, sin comparaciones. Ni propias, ni ajenas. Sin decepción. Un mundo más libre, menos complicado, en el que no hubiese más horas de trabajo que horas para vivir.
Mario imaginaba cómo sería aquello. Simplemente poder flotar, sentirte en calma. Notar el viento rozando tu cuerpo, casi haciéndote cosquillas, sentir la calidez del sol sobre tu piel. Sin angustia, sin preocupaciones. Notar cada sensación, cada brizna de realidad.
Pero justo un segundo antes de que su cráneo impactase contra el duro suelo de hormigón, Mario pensó que nada es nunca como uno imagina. Y la muerte pasa rápido, no la notas. A veces como la vida.

7 comentarios en “Un día cualquiera

  1. ¡Me ha encantado tu relato! Así se nos pasa la vida. Programando cada minuto, pensando en qué podríamos hacer para rascarle tiempo al reloj pero mientras tanto, el tiempo va pasando. Vamos posponiendo la felicidad para «más tarde» o directamente «para soñar despierto». Y pensamos que somos eternos. ¡Qué ingenuos!
    Gracias, porque ese Mario podríamos ser cualquiera.

  2. Al final lo importante es lo inmaterial,…. y lo trágico es darse cuenta tarde, cuando el tiempo pasado no se recupera , y se convierte en perdido….y te axfisia ….

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